Una de las peores cosas que pudo pasarle a nuestro país en materia de cultura popular y deportiva —en eso que es lo más importante de lo menos importante— es que la narrativa haya sido conquistada por aquellos que, disfrazados de pseudocríticos, analíticos, objetivos y puristas, no son más que amargados, resentidos, inconformes crónicos y vampiros energéticos. Personajes que miran la vida desde una perspectiva gris, agria, frustrada y que, por ende, al resultarles insoportable vivir en ese estado mental, encuentran su mejor desfogue en contagiar a los demás su pesimismo. El epítome de esto es todo lo relacionado con nuestro futbol, nuestra selección y lo que sucede en la Copa del Mundo.
Al momento de escribir esta columna, se han jugado ocho partidos en los territorios de México, Estados Unidos y Canadá. Se han visto buenos encuentros, con gran ambiente en las tribunas y en los Fan Fests, y con los anfitriones invictos: destaca Estados Unidos tras su sólida victoria ante Paraguay, México cumpliendo al derrotar a Sudáfrica y Canadá rescatando un apurado empate ante Bosnia y Herzegovina que, sin embargo, marcó el hito de ser el primer punto sumado por los canadienses en su historia.
El tema es que, por alguna razón, los amargados de siempre y prácticamente todos los líderes de opinión quieren vender una narrativa gris donde el Mundial no emociona a nadie. Hacen la de auténticas plañideras por nimiedades como el nuevo protocolo de los himnos nacionales o el hecho de que el futbol termine adoptando un par de pausas comerciales vía tiempo fuera (pausas de hidratación), tal como lo hace la práctica totalidad de los deportes profesionales en el mundo.
Resulta que México ganó. Sí, de forma escueta, debido en gran medida a la presión del debut de algunos jugadores, pero a ellos les «preocupa» (sí, solo en México algunos quedan amargados tras una victoria mundialista). A eso hay que sumarle la gran victoria de Estados Unidos (hasta lo que no comen les hace daño) y el lacerante martirio que sufren porque Gianni Infantino, como buen dirigente máximo de cualquier organismo internacional, busca hacer su producto estrella lo más rentable posible.
No se confunda, querido lector: claro que es bueno tener sentido crítico, no comprarse cualquier baratija ni ser conformista. Pero hay que tener mucho cuidado en no confundir eso con ser un quejica profesional, ávido de buscar cualquier pretexto para desfogar bilis.
Disfrute de la Copa del Mundo, desahóguese con ella, trate de vivir la fiesta que es y, créame, si sanea el aire de tanto pesimismo —sobre todo en el terreno de las redes sociales—, verá que viviremos un mes muy lindo. Uno que es justo y necesario disfrutar.
Ecce signum, Guerrero
