Soy arquero. Claramente, no de forma profesional: carezco del palmarés o la estadística que me validen para hablar con soltura de errores técnicos. Sin embargo, gracias a la posición, poseo algo más valioso en este momento: empatía. Entiendo, desde mi microcosmos, la carga demoledora de un gol evitable.

Siempre pensé que al arco le faltaba un mártir. Cada oficio tiene el suyo; alguien que sufrió de forma exponencial lo que los demás padecimos de forma ordinaria. Moacir Barbosa es el arquetipo perfecto: padeció a escala monumental lo que yo sufrí una tarde en Oaxaca o lo que Muslera vivió esta madrugada en Guadalajara.

Fernando Muslera tenía 40 años y un mundial por delante para buscar su redención. A pesar de ser un ídolo en Turquía y de haber tenido una temporada impecable en Estudiantes de La Plata, persistía ese pendiente. Y si el cuerpo responde y la seguridad te acompaña, ¿por qué no brindarle un servicio más a la patria? Hay algo que quien no pisa el área no entiende: el portero que llega cargando errores previos no llega con miedo, llega con hambre, con la urgencia de demostrar su valía.

Álex Baena remató sin potencia, a ras de pasto, un balón de rutina. Muslera debe haber atajado miles en sus veinte años de carrera; miles solo en el último año. Pero la deuda y la autovaloración son malos acreedores: cuando la mente traiciona a la memoria muscular, el cuerpo paga las facturas. Fernando puso las manos, el balón le botó caprichoso y, con los brazos ya sin control, terminó empujándolo hacia adentro.

Yo tenía 12 años, jugaba una semifinal. Era mi primer año bajo los tres palos y estaba lleno de confianza; sentía que había nacido en una portería, que por fin había encontrado mi lugar en el mundo. Hasta aquella tarde. Un globo, sin peligro alguno, caía sobre mi área. Los nervios, la inexperiencia y el hambre por demostrar mi valía me dieron mi graduación. Hasta la fecha, no me explico cómo pude poner los brazos tan tiesos, ni cómo fui tan incapaz de embolsar un balón de rutina. No quería salir, pero mi orgullo me lo exigía: ¿qué clase de portero se queda bajo los postes ante un centro así? Recogí los brazos al pecho, demasiado tarde; lo suficiente para empujar el balón a mi propia red. Gol. Aquel día me gradué como arquero: entendí, por fin, lo que significa cargar con una culpa y anhelar la redención.

Barbosa se graduó de arquero, pero ejerció de mártir. En el Maracaná, aquel 16 de julio de 1950, ante doscientas mil personas, un remate ajustado al poste se coló por el espacio que Barbosa dejó. Brasil perdió su mundial y Barbosa dejó de ser un hombre para convertirse en una condena. No falló más que cualquier otro, pero la deuda es un acreedor implacable y Brasil le cobró con intereses. Murió en la pobreza, en un olvido deliberado. Barbosa era un trauma que detonaba el estrés postraumático de un país; su figura, aun de carne y hueso, fue depositada en el inconsciente geográfico de Brasil. Se fue sin haber tenido la oportunidad de redimir su error.

Dos arqueros. Dos momentos. Setenta y seis años de distancia. El mismo balón que no debió entrar. Las mismas manos que se encogieron. Barbosa murió cargando un gol durante más de medio siglo. Muslera pidió el cambio al medio tiempo, como quien sabe que no habrá tarde de redención; como quien sabe que le esperan otros cincuenta años de culpa. Distintos caminos hacia el mismo lugar: el error que no se puede deshacer y la valía que, al menos por hoy, no podrá demostrarse. Con guantes menos pesados, yo seguiré teniendo más tardes. Ellos no. Y de eso se trata nuestra hambre: de vivir para una tarde más que nuestros mártires.

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