Tras firmar la mejor fase de grupos de su historia mundialista, México ya tiene rival: Ecuador. Un equipo duro, competitivo, que firmó una eliminatoria excelente en Sudamérica y que cuenta con jugadores pertenecientes a los mejores clubes del mundo. Claro que es un rival capaz de tener una noche gloriosa el próximo martes en el Azteca; sería de necios no reconocerlo. Pero, ¿por qué la pulsión inmediata de algunos comunicadores siempre es el menosprecio a nuestras capacidades?

Seguimos atrapados en el manual de hace más de cuatro décadas, donde algunos resentidos con convocatoria mediática —esos amargados que confiesan abiertamente desear la derrota mexicana por un retorcido sentido de «justicia»— ya comenzaron a azuzar una de las taras más tristes de nuestro pueblo: el complejo de inferioridad.

Lo peor es el reflejo que proyectamos al exterior. En cuanto a fútbol se trata, México recibe una automática dosis de desprecio por parte de la prensa sudamericana, una actitud que termina permeando en el vox populi de la Conmebol. Y, siendo justos, ellos no son los únicos culpables; la responsabilidad recae en nuestra propia «comentocracia» deportiva, que ha convertido la amargura y el pesimismo en elementos de supuesta aspiración intelectual. Resulta patético ver a esos mexicanos que, en su búsqueda de validación externa y aprobación de nuestros hermanos hispanohablantes, les dan la razón al intentar anular cualquier valor futbolístico que poseemos.

Es verdad: México no es una de las potencias candidatas a levantar la Copa del Mundo y alcanzar unos cuartos de final o una semifinal firmaría una actuación histórica. Sin embargo, no se vale que nos bajemos el precio cuando nuestro equipo nacional ha demostrado en la cancha que se ha ganado, al menos, el respeto y el beneficio de la duda. Todo esto, a pesar de esos seres grises y mezquinos que quieren demeritar, ipso facto, cada meta que se supera.

El martes, México enfrenta una gran prueba futbolística contra un rival de peso. Pero crea, querido lector, que el equipo de Javier Aguirre tiene con qué cerrar más de una boca en la prensa sudamericana y, sobre todo, en la nacional. Apoye con todo. Como le he dicho en todas estas entregas mundialistas: no permita que le contaminen con pesimismo.

Ecce signum, Guerrero