Una semana exacta ha pasado desde que los ingleses sobrevivieran a un asedio de 25 minutos más asfixiante que el que los mamelucos egipcios propinaron a los caballeros cruzados en Acre en 1291, o el de la Luftwaffe en 1940. Sí, hablo —obviamente en un sentido tan figurado y forzado como políticamente incorrecto— del asedio de la Selección Nacional Mexicana, que bombardeó sin tregua el área y el arco de Jordan Pickford.
Gracias a un fantástico bloque bajo, organizado y desplegado por Thomas Tuchel para defender la ventaja obtenida por las genialidades del cuarteto Gordon, Saka, Bellingham y Kane —si quisiéramos forzar comparaciones, en este caso con The Beatles; o si ya prefiriéramos un quinteto como Oasis, agregando a Pickford—, que firmó la mejor actuación de un arquero inglés en una Copa del Mundo en sesenta años, remontándose a los tiempos de Gordon Banks. Históricamente, el arco ha sido la posición que más dolores de cabeza le ha causado a la orgullosa Inglaterra; pero, esta vez fue la excepción, como bien decía el finado Fernando Marcos: «¿Por qué siempre tiene que ser contra nosotros?». Así, los dirigidos por Tuchel consiguieron en el Azteca —un césped tan sagrado como el de Wembley, según las palabras de sus propios jugadores y la prensa especializada— su victoria más grande en Copas del Mundo desde aquella final de 1966; una noche gloriosa para los Tres Leones que nos deja a nosotros, los hijos de México, una sensación muy extraña: una mezcla entre tranquilidad, dolor, orgullo, tristeza y melancolía.
Sí, en este verano de 2026, a cuatro años de cumplir un siglo de participación mundialista, México jugó su mejor Copa del Mundo. Nunca en la historia de nuestro futbol la selección nacional había ganado su sector con la autoridad con la que conquistó el Grupo A de esta edición; nunca había dominado de tal forma en un Mundial, reflejando su superioridad en el marcador ante un rival de jerarquía como lo hizo en los dieciseisavos de final frente a Ecuador, ni había mostrado un desempeño defensivo tan sólido. Pero, sobre todo, no había conectado con la afición de la manera en que lo hizo, algo que no se veía quizás desde aquel verano del 93.
Hay que decirlo con claridad: estos 25 días que duró la participación mexicana en la Copa del Mundo fueron un auténtico bálsamo, un alivio exquisito en uno de los momentos más bajos de nuestro país en muchos aspectos, donde la polarización y el derrotismo permean con fuerza en el humor social. Sin embargo, esta selección de Javier Aguirre consiguió volver a cohesionar a nuestra sociedad y lograr que, por casi un mes, se olvidaran las diferencias para soñar con avanzar lo más posible en la justa mundialista, hasta el punto de considerar el escenario máximo con el eterno «¿y si sí?». Al final, el futbol es como es: llega un momento en que la Copa del Mundo se pone elitista, la pelota se vuelve caprichosa para elegir a los de siempre —a su particular Club de Toby— y decide rodar a favor de ellos.
Nadie puede reprocharle nada a los nuestros. No faltaron «huevos», ni era un problema que se arreglara con cambios o con correr más; el verdadero desafío radicaba en cómo detener a un fuera de serie como Jude Bellingham. A Kane, dentro de todo, se le contuvo lo mejor posible, pero en un instante de titubeo e inocencia, aprovechó ese penal que terminó por sentenciarlo todo. En fin.
No queda más que agradecer. Y sí, querido lector de Tribuna Norte, sé perfectamente que ya ha leído a los seres grises y mezquinos de siempre quejarse, reventar, sembrar insidia y llenarse la boca con palabras como «mediocridad» y «conformismo». En realidad, esa actitud solo demuestra que no entienden absolutamente nada; ni de fútbol y mucho menos de la vida misma.
Es verdad que, en el resultado final, México llegó a la ronda que parece ser nuestro tope histórico, los octavos de final, y se despidió en el noveno puesto. Tampoco es que esté tan mal ubicarse dentro de los primeros diez del planeta en una competencia que involucra a más de doscientas federaciones en sus eliminatorias. Habrá que trabajar más en donde corresponda para poder superar ese obstáculo algún día; pero espero que nuestra gente ya haya aprendido que la negatividad solo engendra negatividad, y que cuando existe comunión y un apoyo genuino hacia quienes nos representan en una cancha —la que sea—, estos saltarán con mayor confianza para afrontar cualquier reto. Así se le gana con jerarquía a un igual como Corea del Sur o Ecuador, y así se pone en un predicamento serio a un potentado del juego como Inglaterra, nada menos que los inventores de este.
La gran conclusión de este mundial, espero, es que resulta definitivamente más sano, más hermoso y más enriquecedor en lo social apoyar con todo a nuestra selección nacional, deseando el triunfo de ese grupo de futbolistas para asumirlo como propio, que vivir en la amargura, la polarización y en la eterna espera del fracaso ajeno solo para tener el triste consuelo de decir «tenía razón». Y sí, querido lector, con este último párrafo no estoy hablando exclusivamente de futbol.
Ecce signum, Guerrero
