Brasil todavía se llama Brasil. Todavía viste de amarillo. Todavía llega a los mundiales con la historia más gloriosa del fútbol sobre los hombros. Pero algo en el camino entre el nombre y la sombra se perdió —tan gradualmente que nadie supo exactamente cuándo—.

Los estilos de juego no se inventan. Se descubren. Jonathan Wilson lo documentó en La pirámide invertida: no es casualidad que el fútbol total del Ajax naciera en el Ámsterdam hippie de los años setenta, ni que el enfoque científico de Lobanovskyi creciera en Kiev como centro tecnológico soviético, ni que los mediocampistas africanos desarrollaran una capacidad particular para las carreras verticales porque los campos donde aprendieron eran largos, angostos y atestados. El estilo no es una decisión estética; es una respuesta al entorno. Al biotipo, al espacio, al clima, a los valores compartidos de una comunidad.

El catenaccio no nació de la arrogancia italiana. Nació de la necesidad de un austriaco en Suiza. Karl Rappan dirigía al modesto Servette en los años treinta con jugadores que no tenían el talento para competir de otra manera. Su respuesta fue el verrou —el cerrojo—, un sistema que cedía la posesión al rival, compactaba el bloque y apostaba a sobrevivir. Era, en su esencia más pura, el derecho de los débiles: si no puedes ganarle, al menos no pierdas. Con esa filosofía, Rappan ganó siete ligas en Suiza.

El verrou cruzó la frontera ítalo-suiza y encontró dos intérpretes. Gipo Viani lo adoptó en la Salernitana casi por accidente —le faltaba un delantero centro y reconvirtió a un mediocampista defensivo en adelantado—, y el sistema resultante funcionó tan bien que lo sistematizó. Nereo Rocco lo perfeccionó en el Triestina con una variante propia: el líbero, un defensor libre detrás de la línea sin marca asignada, que cubría los errores de todos. En un año, el Triestina pasó de ser el peor equipo del país a terminar segundo en la Serie A.

Lo que siguió fue la sublimación. Helenio Herrera tomó el catenaccio y lo convirtió en arma ofensiva con la Grande Inter de los años sesenta —dos Copas de Europa con un sistema que sus críticos consideraban antiestético—. Italia ganó el Mundial de 1982 con un equipo por el que nadie daba nada como favorito, defendiendo con una dureza implacable y aprovechando los espacios con una eficacia quirúrgica. El catenaccio no era resignación; era identidad. Era la respuesta lógica de un fútbol que producía un tipo específico de jugador: inteligente, disciplinado, desconfiado, capaz de sufrir.

Pero los sistemas también son respuestas a los modelos hegemónicos y, de a poco, el fútbol de posesión se convirtió en el modelo a imitar, y la Serie A comenzó a llenarse de extranjeros mientras las canteras italianas se agotaban. Lo que siguió fue lo peor de los dos mundos: un fútbol que ya no era el catenaccio, pero tampoco era el tiqui-taca, un híbrido sin identidad propia y sin los jugadores para ejecutar ninguna de las dos cosas. El propio presidente saliente de la Federación italiana lo confesó en un informe tras la tercera eliminación consecutiva del Mundial: casi el 68 por ciento de los minutos de la Serie A los disputan jugadores extranjeros, las canteras producen campeones sub-17 y sub-19 que luego no encuentran espacio en sus propios clubes, y la deuda total del sistema supera los 5.500 millones de euros.

Italia no perdió un estilo. Perdió su línea de flotación tratando de subirse a otro barco. Brasil aprendió esto una vez, de la manera más brutal posible. El 16 de julio de 1950, ante doscientas mil personas en el Maracaná, Uruguay silenció al país que había construido el estadio más grande del mundo para coronarse en él. El Maracanazo no fue solo una derrota; fue un trauma que Brasil interpretó mal. La conclusión colectiva fue que su problema era táctico, que el fútbol latinoamericano era inferior al europeo, que la ginga era un lujo que no podían permitirse. Brasil se rigidizó. Intentó parecerse a lo que no era.

Y entonces apareció un muchacho de diecisiete años. Pelé no llegó con un sistema ni con una filosofía. Llegó con lo que Brasil siempre había tenido: el cuerpo que resuelve antes de que la cabeza pueda interferir, la improvisación que nace de haber perseguido una pelota, descalzo en espacios que no perdonan la torpeza. La ginga no es un estilo elegido; es el resultado lógico de generaciones de niños aprendiendo el juego en el potrero urbano, en espacios reducidos donde el jugador individual que resuelve en un metro cuadrado sobrevive y el que no, pierde la pelota. Feola lo entendió y le dio a Pelé la libertad de ser lo que era. Brasil ganó en 1958, en 1962 y en 1970 jugando como Brasil, no como una copia de Europa. La identidad, cuando se recupera, gana mundiales.

Lo que está pasando hoy es distinto. Y más inquietante. En las redes circula una hipótesis que vale la pena tomar en serio, aunque no esté probada: el avance del neopentecostalismo en los vestuarios brasileños habría transformado silenciosamente los valores que producían a cierto tipo de futbolista. El argumento no es religioso; es sociológico. El fútbol brasileño de Pelé, Garrincha, Zico, Ronaldo y Ronaldinho tenía un componente colectivo y festivo que los analistas conectan con el sincretismo afrobrasileño, con la samba, con una cultura donde la exuberancia no era decoración sino método. El neopentecostalismo, en cambio, articula una noción de salvación individual —la prosperidad como recompensa personal a la fe personal— que algunos consideran incompatible con ese fútbol de colectivo espontáneo. Si pierden, «los tiempos de Dios son perfectos». Si ganan, «es la voluntad divina». En tales condiciones, ¿quién es responsable de los malos resultados?

No lo sabemos. Y hay que decirlo así. Es una discusión que salió de internet y puede tener sentido, pero no es un diagnóstico. Es una pregunta. Lo que sí sabemos es que Brasil lleva veinticuatro años sin ganar un Mundial. Que la samba y el pagode fueron sistemáticamente silenciados en el vestuario. Que Vinicius Júnior, el último jugador que todavía juega con la ginga como método, es también uno de los pocos que se identifica públicamente como católico en una selección mayoritariamente evangélica. Y que nadie vio venir este proceso porque no tuvo un momento fundacional —no hubo un Maracanazo que lo detonara—. Fue una mutación lenta, partido a partido, conversión a conversión, valor a valor.

En 1950, el trauma vino de afuera y Brasil supo responder. Esta vez el cambio vino de adentro. Y todavía no sabe si hay algo a qué responder, ni quién sería el Pelé capaz de hacerlo. Brasil todavía se llama Brasil. Todavía viste de amarillo. Pero su sombra ya no juega bonito.

Fuente: Tribuna