Decía una querida amiga —de padre mexicano (regio) y madre argentina— que, en el Mundial de la Estupidez, los Estados Unidos Mexicanos y la República Argentina serían siempre los finalistas. Y es que el mexicano y el argentino pertenecen a dos pueblos tan similares y con lazos tan profundos que bien podríamos decir que son familia. Como en toda buena familia, existen diferentes momentos en la relación; pero lo que se vive ahora, en los tiempos posmodernos, simplemente roza lo ridículo, lo infantil y lo patético.

México y Argentina han tenido en los últimos 120 años un gran intercambio humano y cultural. Está de más mencionar cómo nuestro país ha sido el constante refugio de los hijos de la ribera sur del Río de la Plata y de la Pampa en los momentos más duros de la represión de gobiernos autoritarios y las crisis económicas. Mientras tanto, México ama la literatura argentina, su gastronomía, sus vinos y su música —desde el tango hasta los grupos de rock y ska— y, claro, su manera de jugar al fútbol y vivirlo, única actividad donde sí tenemos una altura distinta.

Las cosas como son: nosotros estamos en la clase media del más bello de los juegos y ellos están en la élite; está bien aceptarlo y es absurdo compararlo. Nuestro fútbol constantemente se tiene que nutrir de su talento, no solo en la cancha, sino en prácticamente todos los ámbitos que rodean a este deporte. Hace tiempo, en una comida, una persona contaminada por esta supuesta rivalidad entre mexas y argentos (como dirían los jóvenes) cuestionaba agriamente, al mirar la transmisión de un partido de la presente Copa del Mundo donde trabajaban narradores argentinos: «¿Por qué infestan de argentinos todo lo relacionado al fútbol, habiendo mexicanos?». Fue inevitable responder que, primero, porque las empresas contratan a quien se le da la gana si pueden permitírselo y no le deben cuotas a nadie por nacionalidad; y segundo, por la misma razón que el mundo está lleno de ingenieros alemanes, científicos japoneses, cocineros franceses, diseñadores italianos y empresarios estadounidenses: porque, simplemente, son los mejores del mundo en cualquier actividad que tenga que ver con el futbol.

Reconocerlo es, llanamente, aceptar un hecho, por más que a algunos les cueste tanto. Así como también hay que reconocer que nuestra escasa cultura o etiqueta futbolera puede ser desesperante y criticable; ahí están esa exigencia tóxica y absurda, la hostilidad hacia nuestros representativos y vicios como abuchear al medio tiempo de cualquier partido casi por deporte. Mientras tanto, es verdad que en el lado argentino existe eso que ellos llaman la «actitud termo»: fanáticos energúmenos que son malos perdedores y pesadísimos al ganar, que se han construido el relato de un mundo en su contra. Es verdad que su cultura futbolística, tan rica y llena de colorido y pasión, a veces roza el fundamentalismo.

Ese es, quizás, el punto de divergencia cultural más fuerte que tenemos. Mientras los mexicanos vemos el deporte en general, pero sobre todo el fútbol, desde una perspectiva lúdica (con sus bemoles, como el ser a veces poco competitivos), los argentinos lo viven desde una perspectiva marcial. Y en la lógica de la guerra, ganar es sobrevivir; es lo único. Esto tiene sus ventajas, como esa enorme competitividad y hambre de triunfo. Por eso, mientras nosotros podemos perder con los ingleses y, al ser estos caballerosos en la victoria (aunque sea por mera cortesía), los felicitamos y hasta cantamos Wonderwall con ellos, a los argentinos la derrota los sume en la más profunda de las amarguras y, en algunos casos, en arranques de agresividad. Son formas de ser, ni una mejor ni otra peor.

El tema es que esta mera y casi única divergencia entre dos pueblos que comparten e intercambian gastronomía, deporte, música, literatura, idioma y raíz cultural ha sido aprovechada por una recua de irresponsables, incendiarios y buscadores del tráfico y el clic fácil en ambos países. Influencers y excomunicadores de la televisión tradicional que, refugiados en las redes y en la masa que los sigue, y conociendo al dedillo cómo funcionan los algoritmos, apelan a los comentarios de odio y a la xenofobia para generar interacciones. Sí, los Morales, «Mike Máquina del Mal» y otros irresponsables en el lado mexicano que de manera monotemática repiten que la gloria futbolística argentina es espuria; y los Azzaro, Carrozza y ciertos streamers en el lado argentino que, con el mismo modo necio y enquistado, desprecian en automático cualquier cosa mexicana relacionada con el balón.

Si esto se quedara en donde debe estar —en la alcantarilla de redes como X, donde el ecosistema es absolutamente hostil— sería normal, inclusive necesario y hasta divertido. El problema es que ya empieza a traspasar esa barrera digital y cada día escalan más los absurdos discursos de odio en ambos lados; un tema muy complejo que recrudece cada dos años, cuando coinciden los grandes torneos de selecciones. La pregunta es, regresando a lo que mi amiga argenmex decía: ¿en verdad los pueblos mexicano y argentino son tan estúpidos, ignorantes y carentes de sentido crítico, y tan proclives al fanatismo enfermo y xenófobo, como para iniciar una enemistad real provocada por ocho estúpidos, cuatro allá y cuatro acá?

Al parecer, es posible. Ojalá me equivoque.

Ecce signum, Guerrero