Una de las realidades sociales más dolorosas para la sociedad regiomontana es el alto costo humano de los accidentes viales: Vidas truncadas, familias destruidas y graves daños patrimoniales. La zona metropolitana de Monterrey y el estado de Nuevo León encabezan los índices de fatalidad vial, tanto en las principales avenidas regias —Constitución, Morones Prieto, Garza Sada, Lázaro Cárdenas, Miguel Alemán, Leones, Lincoln o Gonzalitos— como en las carreteras y libramientos que conectan con la metrópoli.

Todos los días es habitual presenciar percances de todo tipo. Sin embargo, durante los fines de semana las fatalidades aumentan de forma alarmante. El punto más crítico es la Carretera Nacional, específicamente en el tramo desde el cruce de Garza Sada y Mederos hasta El Cercado, donde los accidentes dantescos se han vuelto una constante: vehículos de todas las gamas reducidos a chatarra, jóvenes que ven su futuro cortado de tajo y familias sumidas en la ruina económica y el duelo.

Julio ha sido un mes particularmente catastrófico para esta arteria, clave para conectar Monterrey con la región citrícola y Tamaulipas, además de albergar zonas turísticas y de gran desarrollo urbano.

En las páginas y en el sitio web de Tribuna Norte hemos dado un seguimiento puntual a esta crisis: reportamos cada percance y cada acción de las autoridades con la intención de informar y concientizar, jamás desde el amarillismo o la búsqueda de clics morbosos. No obstante, aunque se informe sobre los planes gubernamentales para resguardar las vías, ninguna acción del estado tendrá un impacto real si no cambia un factor crucial en la ciudadanía: la cultura vial.

Sí, querido lector: los neoleoneses tenemos una pésima, por no decir nula, cultura vial. Arrastramos la tradición rancia de considerar las escuelas de manejo como algo innecesario y aprendemos a conducir de forma empírica e imprudente. “Así aprendían los viejones de antes” o “así me enseñó Papá” suelen ser los mantras justificatorios. El automovilista regio promedio desconoce las normas de tránsito, ignora el significado de las señales y se ofende cuando la autoridad intenta imponer orden, ya sea sancionando el manejo bajo los efectos del alcohol o fiscalizando el respeto a las zonas escolares y los límites de velocidad.

“Solo quieren robarnos más”, exclama la masa indignada, que incluso se vanagloria de alertar sobre los operativos antialcohol para evadirlos. El problema de fondo aparece cuando esa imprudencia, impericia e ignorancia se transforman en una tragedia propia. Cuando padecemos el choque en carne propia y quien pierde la vida es un ser amado; cuando debemos pausar nuestra rutina para enfrentar semanas de hospitalización; cuando rezamos para que la aseguradora responda y no perdamos nuestro sustento; o cuando nos enfrentamos a una discapacidad permanente y a la ruina financiera, surgen los pretextos: “Las calles están mal hechas”, “El gobierno tiene la culpa; los caminos son un mugrero”.

Hablan de “caminos defectuosos” en vías como la Carretera Nacional, que en su mayor parte —desde El Uro hasta Tampico— es recta, carece de acantilados o curvas complejas, está densamente poblada y cuenta con un flujo vehicular que, por mero sentido común, exige conducir a la defensiva. Ni se diga cuando recurren a esas excusas tras chocar dentro de la ciudad.

No, querido lector: la culpa no es de las “calles mal hechas” ni de la “carretera hecha un mugrero”. A la hora de tomar el volante, actuamos en el mejor de los casos con negligencia y, en el peor, como verdaderos energúmenos. Y eso, por sus fatales consecuencias, es un grave problema social.

Ecce signum, Guerrero