En el fútbol, como en la vida misma, la abundancia no es la norma. Si en algún deporte la victoria y el éxito resultan esquivos y complejos de conseguir, ese es el fútbol asociación. A diferencia de lo que ocurre en las grandes ligas de Estados Unidos —donde el reglamento está diseñado para que casi siempre gane quien supera al rival—, en el fútbol un equipo puede hacer todo bien para merecer el triunfo y, aun así, la física o la balística de la pelota terminan jugando en contra, premiando a veces a quien menos lo merece.

Ganar un solo partido es complejo; por ello, cuando un club consigue un ciclo dorado como el de Tigres entre 2011 y 2023, en una liga tan pareja y volátil como la mexicana, el mérito es monumental. Tigres fue el club más exitoso de la última década y de buena parte de la anterior, disputándole al Club América la supremacía en títulos y dominio. La diferencia radica en que el América es el gigante hegemónico y centenario de nuestro fútbol, con una base de aficionados que supera la población de varios países. Tigres, en cambio, resurgió de sus propias cenizas tras el descenso de 1996, atravesando una reconstrucción dolorosa y larga hasta convertirse en lo que es hoy. El problema es que, en el fútbol y en la vida, la prosperidad crea una burbuja en la percepción de quien la disfruta: se asume que el éxito es el status quo, olvidando lo frágil que resulta mantenerlo.

En la actualidad, Tigres vive una clara etapa de transición. Su presidente, Carlos Emilio González, declaró tajantemente que el club atravesará por una reestructuración enfocada en la autosuficiencia económica y en la edificación de ese proyecto que obsesiona a parte de la hinchada: el nuevo estadio. El plantel actual, si bien no es modesto y se ubica por encima de la media del torneo, no tiene el poderío de la época dorada con el ‘Tuca’ Ferretti, cuando se daban el lujo de alinear a nombres como André-Pierre Gignac, Rafael Sobis, Enner Valencia, Javier Aquino, Juninho, Hugo Ayala o Ismael Sosa.

A pesar de ello, Tigres viene de ser subcampeón de liga —tras ir ganando 2-0 en la primera mitad del partido de vuelta— y subcampeón de Concacaf, ambos perdidos ante el Toluca. Sin embargo, en el presente Apertura 2026 está claro que las cosas no marcharán con la soltura de antaño en San Nicolás de los Garza; no sería descabellado pensar en un Tigres peleando por calificar en la parte baja de la liguilla, entre el quinto y el octavo lugar.

Esto, desde luego, ya levantó ámpula en una afición poco acostumbrada a la precariedad o a sufrir ante cualquier rival. Quedaron atrás los días en que, al recibir a ciertos equipos en El Volcán, la pregunta no era si Tigres ganaría, sino cuántos goles terminaría metiendo. La realidad actual indica que cada partido será una final para los felinos, y su gente debe asumirlo.

Es lógico que el aficionado tigre posmoderno —el menor de 35 años que solo ha disfrutado de esta era de grandeza o que desconoce otra cosa que no sean los hitos como la Final Regia de 2017, la final navideña de 2016 o el subcampeonato del mundo ante el Bayern Múnich— sienta el golpe. Son generaciones que no tienen en su memoria futbolera los 29 oscuros años de sequía entre 1982 y 2011, donde se vivió el descenso y aquellos años de mediocridad en los que, tan solo en 2009, el club salvó la permanencia gracias a un resultado ajeno entre América y Necaxa.

En lo personal, no creo que Tigres regrese a épocas de penumbra porque el palacio ya está construido y tiene bases sólidas. No obstante, sí vienen tiempos en los que dejará de ser uno de los grandes potentados de la liga para asumir un rol de más comparsa. El hincha de Tigres, famoso por su fidelidad y pasión, se encuentra ante su verdadera prueba: es muy fácil amar unos colores cuando siempre se gana, pero la lealtad real se demuestra en la escasez.

Así es la vida. Y así es el fútbol.