Monterrey, Nuevo León.- En la Zona Metropolitana de Monterrey, el peligro no solo acecha en las sombras; circula a más de 100 kilómetros por hora sobre el asfalto. Las arterias más transitadas del estado —Constitución, Morones Prieto, Garza Sada, Lázaro Cárdenas, Miguel Alemán, Paseo de los Leones, Lincoln o Gonzalitos—, así como los libramientos y carreteras de acceso, se han convertido en el escenario diario de una de las realidades sociales más dolorosas para los neoleoneses: el alto costo humano de la violencia vial.
El problema no es menor ni una simple percepción. Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), a través de su registro de Accidentes de Tránsito Terrestre en Zonas Urbanas, Nuevo León encabeza año con año la lista nacional en número de colisiones viales, concentrando de manera sistemática entre el 20 por ciento y el 22 por ciento del total de los percances ocurridos en todo México. Decenas de miles de siniestros al año dejan un rastro imborrable: vidas truncadas, familias destruidas y un impacto económico y emocional de proporciones epidémicas.
Carretera Nacional
Todos los días es habitual presenciar colisiones de todo tipo, pero al llegar los fines de semana, las fatalidades aumentan de forma alarmante. El tramo más crítico se localiza en la Carretera Nacional, específicamente en el segmento que abarca desde el cruce de Garza Sada y Mederos hasta la comunidad de El Cercado, en Santiago.
En esta vía, eje clave que conecta a la capital del estado con la región citrícola y el estado de Tamaulipas —además de ser una zona de alto desarrollo comercial y residencial—, los accidentes dantescos son una constante:
- Vehículos de todas las gamas reducidos a chatarra.
- Jóvenes que ven su futuro truncado en segundos.
- Familias enteras sumidas en el duelo y la ruina económica.
Las cifras de organismos civiles como Alianza por la Movilidad Segura e informes de las dependencias de Protección Civil estatal señalan que los siniestros viales figuran entre las principales causas de muerte en jóvenes de entre 15 y 29 años en la entidad, y posicionan al exceso de velocidad y a la combinación del alcohol con el volante entre los principales factores de riesgo.
A pesar del seguimiento puntual que se le da a esta crisis desde los medios de comunicación y de los continuos anuncios sobre planes gubernamentales para resguardar las vías, la efectividad de los operativos choca contra una barrera invisible pero contundente: la cultura vial de la ciudadanía.

La deficiente o en casos, nula, cultura vial regia
Concentración de siniestros en Nuevo León
- Pésima cultura vial y falta de pericia (principal causa)
- Exceso de velocidad y distracción (celular)
- Conducción bajo los efectos del alcohol
El mito del manejo empírico
El trasfondo del problema radica en una norma social arraigada en la entidad: el manejo empírico. En Nuevo León predomina la idea de que acudir a una escuela de conducción es un gasto innecesario. Frases como “así aprendían los viejones de antes” o “así me enseñó mi papá” funcionan como justificación para tomar el volante sin un conocimiento real del Reglamento de Tránsito.
Esta falta de formación deriva en conductas cotidianas de alto riesgo:
- Desconocimiento e ignorancia: Desatención a la señalización vial básica y a los límites de velocidad.
- Resistencia a la autoridad: Hostilidad ciudadana ante las sanciones y los operativos de control, como las zonas escolares o los dictámenes anti-alcohol.
- Evasión sistemática: La proliferación de grupos en redes sociales y aplicaciones de mensajería dedicados exclusivamente a alertar sobre la ubicación de los operativos antialcohol para evitarlos.
La narrativa común del automovilista sancionado tiende a ser la misma: “Solo quieren robarnos más”. Sin embargo, el argumento se desmorona cuando la imprudencia se traduce en una tragedia irreparable.
Cuando la colisión ocurre en carne propia, cuando un ser querido pierde la vida, cuando la rutina se sustituye por semanas de hospitalización o cuando se enfrenta una discapacidad permanente, la responsabilidad suele trasladarse hacia afuera.
Es común escuchar afirmaciones como “las calles están mal hechas” o “el gobierno tiene la culpa, los caminos son un mugrero“. Sin embargo, al analizar la topografía de las vías más peligrosas, la premisa pierde sustento. La Carretera Nacional, en su mayor tramo desde El Uro hasta los límites con los municipios citrícolas, es predominantemente recta, carece de acantilados o curvas de alta complejidad, se encuentra densamente poblada y cuenta con un flujo vehicular constante que exige, por simple sentido común, conducir a la defensiva.
El análisis de la siniestralidad muestra que la infraestructura, si bien es perfectible en materia de mantenimiento o señalización, no es la variable determinante en la mayoría de las fatalidades. El factor humano —que abarca desde el uso del teléfono celular al manejar hasta la conducción agresiva— se mantiene como el principal desencadenante de las estadísticas de mortandad vial en el estado.
La realidad sobre el asfalto de Nuevo León no es únicamente un asunto de baches o de ingeniería urbana. A la hora de tomar el volante, el comportamiento dominante oscila entre la negligencia y la agresividad directa, convirtiendo a la conducción irresponsable en uno de los problemas de salud pública y seguridad más urgentes de la región.
Fuente: Tribuna
