Si existiera un manual básico para el hincha de fútbol, uno de sus primeros capítulos prescribiría el rechazo casi congénito hacia la figura arbitral. Ese personaje —que, junto a sus abanderados, el cuarto oficial y, en tiempos recientes, la cabina del VAR— encarna el principal chivo expiatorio para justificar la derrota. Al árbitro, con ligereza atrevida, se le acusa de corrupción, amaño o de estar a sueldo del club más poderoso.
Por ende, la tribuna siempre le reservará lo peor: desde sonoros abucheos al pisar el campo para el calentamiento, pasando por el recelo cuando el sonido local menciona su nombre, hasta la desconfianza abierta desde su designación. En pocas palabras: para portar el silbato y las tarjetas hay que poseer una coraza sólida contra la frustración, los insultos y la crítica. Así es el folclore futbolístico; ni bueno ni malo, simplemente es lo que es.
Por todo esto resulta molesta y tediosa la postura de la árbitra central mundialista Katia Itzel García. Hablamos de una colegiada que ha demostrado aptitudes físicas, de gestión de partido y de aplicación del reglamento de sobra para ser árbitra de Primera División con gafete FIFA. Sin embargo, cuando tiene una mala tarde —que las tiene, como cualquier jugador o colegiado en este deporte—, como le sucedió el pasado sábado en la cancha del Corregidora, termina enviando mensajes indirectos a sus críticos en redes o victimizándose en razones de género. Lo peor es que hay quienes, faltos de valor y aterrados por ser señalados de misóginos o incapaces de afrontar un linchamiento mediático, terminan cediendo a una actitud realmente lamentable y, a la postre, más sexista: la condescendencia. Es decir, premiar a una mujer solo por ser mujer dentro del circuito arbitral.
García tuvo una pésima actuación en el Querétaro vs. Tigres. Y ojo: no por ello los felinos —quienes atraviesan su propia crisis deportiva— perdieron el encuentro, ya que el trabajo de la silbante fue deficiente para ambos bandos. Punto. Se tiene que decir con la misma soltura con la que se señala a sus compañeros masculinos; casi por manual.
Es triste ver a analistas que en sus respectivos medios son feroces y carentes de cualquier empatía a la hora de vilipendiar a directivos, técnicos, futbolistas y árbitros cuando tienen un mal desempeño —o a veces sin tenerlo, solo por caer en el lugar común— dar un giro de 180 grados para declarar a Katia Itzel García como intocable. Resulta aún peor que construyan una retorcida narrativa en la que la silbante comienza a tener “hinchas”. ¿Ahora resulta que los árbitros tienen fans? El planteamiento es simplemente absurdo. No porque los jueces merezcan padecer lo más nefasto de la pasión futbolística, sino porque son la máxima autoridad en el terreno de juego. Y en la cancha, como en la vida, la autoridad exige un trato bajo la más estricta neutralidad y equidistancia.
Nunca falta el trasnochado o el activista de redes —que poco y nada entiende de fútbol— aclamando la conocida falacia: “Claro, a ella le magnifican todo, pero a sus compañeros no, a ellos hasta les aplauden”. En la realidad, a un árbitro jamás se le aplaude, más allá de sus instructores y su círculo cercano. Por no hablar de lo normalizada que está la deshumanización de su figura, donde una mentada de madre es lo menos que reciben durante noventa minutos.
Otro punto llamativo es que García ya maneja contratos de imagen comercial. Esto me parece excelente si le genera ingresos para una vida más cómoda, un derecho legítimo que todos buscamos. El problema —a riesgo de sonar insistente— es el inevitable ejercicio del “¿qué pasaría si lo hiciera alguien más?”. No quiero imaginar el escándalo, las teorías de conspiración y los señalamientos histéricos de conflicto de interés si César Ramos Palazuelos, Adonay Escobedo, el “Gato” Ortíz, Santander o el “Curro” Hernández firmaran un contrato publicitario con una marca deportiva que, además, viste a uno de los clubes de la Liga MX.
Sigo sosteniendo que la verdadera inclusión parte del trato rigurosamente igualitario hacia todas las personas, tanto en el elogio como en la crítica. El trato paternalista y la condescendencia son, en el fondo, posturas profundamente excluyentes.
Si Katia Itzel García cuaja una buena actuación, se dirá sin empacho. Pero si tiene una tarde desastrosa, comete un error que altere un resultado o pierde el control de un partido de alta trascendencia, también se señalará con claridad. Esa es la obligación de quienes comunicamos. Basta de tener miedo a decir la verdad por el temor a cómo reaccionen fanáticos intoxicados por ideologías y narrativas de moda.
