Monterrey, Nuevo León. — El fútbol actual a nivel mundial —y Nuevo León no es la excepción— padece una patología severa, ruidosa y profundamente tóxica: la ansiedad crónica por el resultado inmediato. Vivimos en una plaza que presume ser la más apasionada del país —y vaya que lo es—, pero que ha confundido trágicamente la pasión y la sana exigencia con un trastorno bipolar de frecuencia diaria. Aquí no hay procesos, no hay matices y, mucho menos, paciencia.
Un domingo por la noche, tras un triunfo de Rayados o Tigres, la afición, azuzada por comunicadores irresponsables, decreta que el equipo está para ganar la Liga, la Concachampions y hasta el Mundial de Clubes. La plantilla es impecable, el técnico es un estratega magistral y los futbolistas son semidioses. Sin embargo, bastan 72 horas y un tropiezo a mitad de semana para que el mismo entorno exija una limpia total: rescisión de contratos, despido del cuerpo técnico y la quema de camisetas en la Macroplaza.
Esta es la nefasta cultura del rage bait (la ‘carnada del coraje’), un modelo de negocio perfeccionado por un sector periodístico desde tiempos remotos, pero que en esta era digital vive su época de oro. Es consumido sin filtro por una masa manipulable a través de sus emociones. Y no hay sensaciones más intensas que las del hincha tras la derrota, cuando surgen las preguntas viscerales: “¿Por qué perdimos?”, “Alguien tiene que ser culpable, pero ¿quién?”.
A cierto sector del periodismo deportivo, tanto local como global (lo vimos en la pasada Copa del Mundo), ya no le interesa analizar el juego, entender la táctica ni evaluar los ritmos de una temporada regular. Eso no da clics. Eso no genera interacciones. Lo que vende es el grito destemplado, la sentencia categórica e incendiar la pradera para que la tribuna arda en ira. Crean ‘debates’ absurdos basados en el último tiro de esquina fallado y venden humo tóxico sabiendo que la gente picará el anzuelo. Se alimentan del enojo porque la indignación es la mercancía más rentable de las redes sociales.
Si esto sucede incluso en un país de enorme tradición y conocimiento futbolístico como Argentina —donde Diego Latorre, aquel brillante volante de los noventa que jugó en Boca Juniors, Racing y en México con Cruz Azul y Celaya, lo ha denunciado abiertamente en su faceta como comentarista—, ¿qué podemos esperar en un entorno donde quizás la pasión no sea tanto por el juego en sí, sino por el dramatismo que genera?
La afición ha caído de lleno en la trampa. La hinchada regia se ha vuelto rehén de su propia soberbia y del algoritmo. Olvida que el fútbol es un deporte de rendimiento dinámico, donde intervienen rivales, cargas físicas, rachas y momentos. Exigir excelencia es válido; exigir perfección quirúrgica cada tres días bajo amenaza de cortar cabezas es ridículo, insostenible y destruye la naturaleza misma del deporte.
Tigres y Rayados han estructurado en los últimos años algunas de las plantillas más poderosas y costosas del continente para competir en lo más alto de manera constante, no para disputar finales cada miércoles. Sin embargo, la histeria colectiva exige derribar el edificio entero cada vez que se funde un foco.
Mientras se siga alimentando este círculo vicioso de sensacionalismo barato y la afición prefiera la rabia fácil por encima del criterio propio, el fútbol regiomontano continuará atrapado en un ciclo infantil de euforia y tragedia. Es momento de madurar en la tribuna y apagar el ruido de quienes lucran vendiendo indignación.
Fuente: Tribuna
