Monterrey, Nuevo León. — Una de las grandes taras de la sociedad mexicana es la recurrente incapacidad de tomarse las cosas en serio. Somos un país con un marcado apego al entretenimiento y al humor; si a esto sumamos una cultura televisiva y popular profundamente arraigada, solemos pecar de buscar el espectáculo en cualquier faceta pública. Esta tendencia resulta sumamente peligrosa en la política, donde el carisma y la telegenia suelen pesar más en el vox populi que la capacidad técnica y las aptitudes para gobernar. Si trasladamos este fenómeno al contexto de Nuevo León, el panorama se vuelve todavía más complejo.

Como hemos señalado en las páginas de Tribuna Norte, la ciudadanía neoleonesa suele ser receptiva a la disrupción, a los perfiles jóvenes y a la constante renovación de la baraja política. Esto se refleja en el promedio de edad de la mayoría de las alcaldías, el Congreso local, el gabinete y el propio Samuel García, quien aún no alcanza los 40 años, mientras que el resto de los funcionarios rara vez supera los 60. Esta dinámica tiene pros y contras; sin embargo, su mayor riesgo radica en la peligrosa confusión de asumir que quien sabe comunicar o entretener cuenta de manera automática con las competencias necesarias para gobernar.

La fórmula se vuelve volátil con la incursión de influencers con aspiraciones electorales. Aunque poseen un capital social significativo gracias a su volumen de seguidores, tráfico digital e impacto mediático —con comunidades comparables a la población de una ciudad—, en su mayoría destacan por la frivolidad, la ignorancia y la banalización de la vida pública.

Es verdad: la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos garantiza los derechos políticos de la ciudadanía, entre ellos el de contender por cargos de elección popular. El marco legal cumple con asegurar esa prerrogativa; no obstante, el verdadero filtro reside en los electores. Una ciudadanía informada y con un mínimo sentido crítico entendería lo evidente: perfiles como el de Hernán Grillo Sada no deberían figurar como opciones viables para gobernar Nuevo León.

El conflicto radica en su base de seguidores recalcitrantes. Tras su pintoresca intervención en el pódcast Pxrno Política de José Luis Guerra —donde, ante los duros y pertinentes cuestionamientos del entrevistador, el millonario influencer recurrió a una perorata típica del aficionado sin oficio—, Sada lanzó soflamas rancias como “los narcos no son enemigos, yo los conozco, eran mis vecinos” o “los políticos roban mucho”. Salvo por su inadmisible postura frente al crimen organizado, estas frases recaen en lugares comunes que, aun si contienen destellos de verdad, no aportan solución alguna a las problemáticas que aquejan al estado.

Lo alarmante es que una parte del electorado compra estas baratijas discursivas y estaría dispuesta a entregar la gubernatura a un perfil cuestionable en todos los frentes. La raíz del problema no reside únicamente en las aspiraciones de Sada —derecho que la ley le concede—, sino en la existencia de una masa dispuesta a votar por él simplemente porque le parece divertido, por morbo o por simpatía superficial.

Es momento de asumir que la responsabilidad del devenir político es compartida y que la sociedad está obligada a tratar estos temas con la debida seriedad. Hay que dimensionar, de una buena vez, lo que está en juego. Basta de frivolidad.

ECCE SIGNUM, Guerrero.

Fuente: Tribuna