Monterrey, Nuevo León. – El reconocido cronista deportivo argentino Enrique Macaya Márquez tiene una premisa que debería estar grabada en el imaginario futbolero mundial: los clásicos, antes que cualquier otra cosa, no se pierden. En el fútbol moderno, donde la presión mediática a menudo llega a niveles de alta toxicidad, una caída en el derbi de la ciudad no representa un simple tropiezo estadístico; es una factura de costo desmedido que altera proyectos, desata histerias colectivas y pulveriza la paciencia de la tribuna.

Cuando el contexto te obliga a remar contra corriente, esta máxima se torna inapelable. Ni Rayados ni Tigres llegaron a la edición 143 del Clásico Regio en posición de regalar nada. El conjunto de San Nicolás de los Garza atraviesa un profundo y complejo proceso de reestructuración bajo la tutela de Víctor Manuel Vucetich, buscando solidez defensiva y asimilando bajas sensibles en ataque. Monterrey, en contraparte, saltó a la cancha del Estadio BBVA con el dolor a flor de piel tras dejar escapar la Leagues Cup hace apenas unos días en Houston, cargando con el desgaste anímico de una final perdida que amenazaba con abrir heridas mayores ante su propia gente.

En un escenario de tanta fragilidad emocional, el 0-0 final cobra un valor que muchos se resisten a admitir. Es comprensible que las hinchadas de Nuevo León, acostumbradas a planteles de nóminas millonarias y duelos de ida y vuelta, expresen frustración ante la escasez de emociones en las áreas. Ciertos sectores de la prensa tildarán el partido de rácano o timorato. Sin embargo, en el cálculo frío de ambos banquillos, el empate operó como un salvavidas indispensable.

Tigres y Rayados apostaron primero por el orden, la contención y la supervivencia para evitar caer en una crisis de proporciones mayúsculas. Una derrota para Vucetich habría encendido las alarmas en el Volcán; un descalabro para Almeyda habría sumido a la Pandilla en un bache tóxico. El resultado no es el ideal ni desatará caravanas de festejo, pero es pragmáticamente bueno: preservó la estabilidad y permitió comprar tiempo.

Fuente: Tribuna