Monterrey, Nuevo León. – La estadística oficial suele desnudar las verdades más incómodas con la frialdad de una sentencia irreversible. Los resultados de la Encuesta Intercensal 2025 del Inegi revelan que Nuevo León se ha precipitado al tercer lugar nacional con menor promedio de nacimientos, registrando un mínimo histórico de 1.7 hijos por mujer, muy por debajo de la media nacional de 1.9 y a una distancia sideral de la tasa de reemplazo poblacional de 2.1. La caída libre es incontestable: de 2.3 hijos en 2000 pasamos a 2.1 en 2010, 1.9 en 2020 y al colapso actual. En números brutos, los alumbramientos bajaron de 109,904 a 106,672, mientras la población creció 8.48 por ciento por efecto de la inmigración. Con apenas 45.2 nacimientos por cada mil mujeres en edad fértil, la metrópoli regia compite en esterilidad demográfica con la Ciudad de México.
Frente a esta tragedia anunciada, resulta exasperante y rayano en la imbecilidad atestiguar cómo ciertos grupos de mentalidad posmoderna aplauden estas cifras como si fueran un triunfo del progreso o una medalla de vanguardia social. Hay que decirlo con absoluta dureza: son estúpidos quienes celebran el ocaso de su propio futuro. Esgrimen discursos trasnochados de antinatalismo frívolo, ignorando con ignorancia supina que una sociedad que deja de tener hijos firma su propia partida de defunción económica y civilizatoria.
Una pirámide poblacional invertida destruye cualquier quimera de bienestar. La estabilidad en la natalidad es el cimiento indispensable para sostener los sistemas de pensiones, el relevo generacional de la planta productiva, la viabilidad fiscal y el consumo interno. Sin relevo, lo que aguarda es la quiebra del sistema de salud ante el envejecimiento general, escasez crítica de mano de obra y decadencia productiva.
El encarecimiento desmedido de la vivienda metropolitana, la inflación y los cambios laborales explican el fenómeno; que el embarazo adolescente caiga a 6.3 por mil es encomiable. Pero normalizar el colapso general no es modernidad: es indolencia suicida. Nuevo León solía ser el motor pujante y fértil del país. Si la clase política y los ideólogos de ocasión siguen celebrando la cuna vacía en vez de implementar políticas de apoyo a la familia, pronto descubrirán que no habrá riqueza que alcance para financiar un asilo colectivo. El signo está a la vista.
ECCE SIGNUM, Guerrero
Fuente: Tribuna
