Estados Unidos.- La contundente derrota de la Selección Mexicana por 3-0 a manos de Estados Unidos sobre la grama del State Farm Stadium en Glendale no debe interpretarse desde la óptica simplista de un arrollamiento colectivo de principio a fin. El desarrollo del encuentro respondió a la dinámica de un clásico planteado como una auténtica trampa táctica por el conjunto dirigido por Mauricio Pochettino, donde el combinado tricolor cayó víctima de sus propios vicios: una posesión inocua en campo rival, alarmante ineficacia frente a las redes contrarias y, de manera determinante, concesiones insólitas en zona de seguridad que terminaron por regalar el resultado.
Desde el arranque, el equipo de Rafael Márquez intentó asumir la iniciativa territorial, circulando el balón en campo contrario y buscando generar profundidad ante un rival que no tuvo empacho en ceder metros y replegar líneas. Sin embargo, ese control aparente careció de veneno. La falta de contundencia en los metros finales volvió a exhibir las dificultades del ataque nacional; Santiago Giménez atravesó una noche para el olvido en la culminación de jugadas de peligro, desperdiciando las aproximaciones generadas desde los costados y privando a México de abrir el marcador cuando el partido exigía un golpe de autoridad anímica.
El punto de quiebre del compromiso se gestó en errores individuales groseros que destruyeron cualquier orden táctico. La debacle comenzó con una falla en la toma de decisiones del guardameta Raúl ‘Tala’ Rangel, quien rechazó de forma defectuosa un envío al corazón del área chica, dejando la pelota viva a merced de Julian Hall para empujar el 1-0. Lejos de recomponer líneas, el cuadro nacional acusó el golpe psicológico. En el complemento, cuando el Tricolor insinuaba adelantar filas, Rangel consumó su pesadilla al comprometer una entrega corta en salida comprometida; el juvenil Cavan Sullivan anticipó el regalo y definió con frialdad para duplicar la ventaja de las barras y las estrellas.
El desconcierto generalizado desnudó además la fragilidad emocional del plantel azteca. La desesperación se tradujo en indisciplina y culminó con la expulsión de Mateo Chávez por perder la cabeza en un conato de bronca, dejando al equipo en inferioridad numérica ante un adversario cómodo en su guion de contragolpe. La estocada definitiva retrató la descoordinación del bloque bajo: el zaguero Diego Campillo perdió la marca y concedió pasillos interiores para que Malik Tillman entrara sin resistencia y firmara el tercer tanto ante la nula cobertura de la zaga tricolor.
El análisis pospartido deja conclusiones de fondo que van más allá del doloroso marcador en el clásico regional. Estados Unidos no necesitó un despliegue avasallador ni una exhibición de futbol total para golear; le bastó con ser pragmático, castigar las equivocaciones flagrantes del rival y capitalizar las facilidades en las dos áreas. Para Rafael Márquez, el tropiezo en Arizona representa el primer descalabro formal en su gestión técnica, encendiendo alarmas sobre la madurez defensiva y el temple competitivo de cara al siguiente ensayo frente a Chile en Los Ángeles y los compromisos oficiales de la Nations League en el Estadio BBVA. La lección de Glendale es tajante: en el plano internacional de élite, la inocencia y los obsequios propios se pagan con goleadas.
Fuente: Tribuna
