Monterrey, Nuevo León. – El arranque de ciclo de Rafael Márquez al frente de la Selección Mexicana no ha dejado los resultados deseados. La frialdad de las estadísticas registra dos empates y una dolorosa sacudida de 3-0 frente a Estados Unidos; sin embargo, no dejan de ser exactamente eso: derrotas y tropiezos en partidos amistosos. Son los primeros ensayos formales tras la resaca mundialista, cotejos que personalmente siempre comparo con esa semana muerta entre Navidad y Año Nuevo: una etapa de trámite, de experimentos necesarios, donde la actividad competitiva real es casi irrelevante y carece de peso definitivo.

Lo alarmante no ocurre en el pizarrón ni en los yerros individuales sobre la cancha de Glendale, sino en los micrófonos y en las redes sociales. Asistimos a un espectáculo bochornoso orquestado por comunicadores irresponsables y amplificado por un amplio sector de afición con mente de rebaño que, ávida de consumir chicharrón mediático y alimentar la histeria colectiva, ya se atreve a proponer algo tan disparatado como exigir la destitución inmediata de Rafael Márquez tras apenas tres juegos de preparación.

Esta postura resulta un insulto a la inteligencia deportiva. Ni siquiera en el tradicionalmente nefasto y tóxico ambiente que históricamente carcome al entorno del fútbol mexicano existe un precedente de semejante bajeza e insensatez. Pedir la salida de un técnico que apenas está diagnosticando el recambio generacional y probando piezas en ensayos sin puntos de por medio retrata la miseria de quienes anteponen el rating efímero sobre la cordura. Quienes hoy exigen guillotina demuestran una ignorancia supina sobre lo que significa construir un proyecto y una memoria extremadamente corta.

A Márquez hay que evaluarlo con rigor táctico, sí, pero en las aduanas oficiales que están por venir. Pretender dinamitar un proceso en pañales por marcadores en amistosos intrascendentes es el colmo de la estupidez en un balompié que nunca aprende de sus propios vicios.

Fuente: Tribuna