Monterrey, Nuevo León. – Vivimos en la era dorada de la impostura moral, donde la indignación no responde a principios éticos ni a un rigor intelectual, sino a la necesidad de pertenecer. Conozco de sobra a esa legión de trasnochados por convivir: son los mismos individuos que cada 8 de marzo saltan enfurecidos a las redes para sentenciar que un tipo ingenuo, de esos que cometen la torpeza de regalar flores a sus compañeras de oficina, es en realidad un feminicida en potencia por atreverse a ‘celebrar’ lo que se debe conmemorar. Se desgarran las vestiduras pontificando sobre el patriarcado y reparten credenciales de pureza doctrinaria desde la comodidad del teclado. Sin embargo, cuando el calendario marca el 7 de octubre, esa supuesta sensibilidad humanista se evapora por completo, transmutando en un antisemitismo asqueroso, cobarde y descarado.

En esa fecha fatídica, estos mismos personajillos se dedican a escupir consignas de odio y a justificar barbaries, repitiendo como autómatas las frases hechas de sus artistas favoritos de Hollywood. Celebridades que son exactamente igual de ignorantes que ellos, pero que, al ser ricas, famosas y fotogénicas, se convierten en los pastores perfectos para guiar a un rebaño dócil y desprovisto de criterio propio. Es francamente repugnante presenciar a luminarias del espectáculo utilizar alfombras rojas y tribunas globales para enarbolar una supuesta causa liberadora justo en la efeméride del peor ataque y la más salvaje masacre que haya sufrido el pueblo judío desde el Holocausto. Un atentado terrorista que no admite matices: el episodio más sanguinario, cruel y despiadado en toda la historia moderna del Estado de Israel.

Que actores millonarios, blindados en sus mansiones de California, banalicen semejante carnicería por simple vanidad ideológica es una canallada mayúscula; pero que aquí tengamos corifeos locales aplaudiendo esa ligereza y festejando el horror para sentirse ciudadanos del mundo es una degradación moral inadmisible. No hay causa noble en aplaudir el exterminio, ni hay rebeldía en solapar el terror. Quienes callan ante la masacre del 7 de octubre y prefieren bailar al compás de la ignorancia de Hollywood para ganar aplausos fáciles en sus burbujas digitales no son progresistas ni defensores de los derechos humanos: son cómplices por omisión, hipócritas sin remedio y trasnochados que vendieron su conciencia solo para encajar en la pose de moda.

Fuente: Tribuna