Monterrey, Nuevo León. – El fútbol regiomontano enfrenta un panorama insólito: la posibilidad inminente de quedarse sin representantes en la Liguilla por el título de la Liga MX. Acostumbrada a dictar condiciones, dominar fases finales y presumir plantillas opulentas, la plaza norteña contempla con asombro e incredulidad la tabla general tras disputarse catorce jornadas. Monterrey marcha rezagado en el séptimo peldaño con veinte puntos tras su doloroso tropiezo ante Chivas, asediado por Querétaro y Atlas; Tigres habita un crítico decimocuarto puesto con apenas quince unidades tras igualar con Pumas, obligado a ganar sus tres compromisos restantes y esperar milagros matemáticos. Para colmo de males, ambos cuadros adeudan minutos en la Regla de Menores y arriesgan una resta de tres unidades. El desencanto en la tribuna y las mesas de debate es comprensible. Despedirse prematuramente del certamen sin el amortiguador del Play-In cala hondo en el orgullo de la Sultana del Norte. Sin embargo, si despojamos el análisis de pasiones viscerales, esta sequía no constituye una catástrofe irreversible ni el derrumbe del modelo deportivo regio: representa la incómoda, dolorosa pero absolutamente normal transición que todo proyecto hegemónico debe asumir tras una época dorada de títulos ininterrumpidos. Las dinastías envejecen, los ciclos concluyen y los relevos no siempre encajan de la noche a la mañana. Tigres asimila el relevo generacional de figuras históricas que le otorgaron gloria, mientras Rayados busca dotar de consistencia la propuesta táctica de Matías Almeyda entre altas y bajas. Un semestre sin fiesta grande será frustrante, pero también funcionará como un aterrizaje forzoso a la realidad: una pausa necesaria para sacudirse la complacencia, pulir sistemas e ideas y reestructurar planteles. No se trata del fin del protagonismo regio, sino del costo natural que exige reinventarse para volver a mandar.

Fuente: Tribuna