¿Cómo es posible que, viviendo en un país con tantos pendientes, tantas heridas abiertas y tantas luchas justas, salgamos a las calles a festejar un partido de fútbol? La pregunta es válida. Y la respuesta dice más de México de lo que parece.

Porque México no es una sola cosa. Existen muchos Méxicos: el del Bajío, católico y conservador; el de la costa, mestizo y abierto al Caribe; el norte fronterizo, que a veces se siente más cerca de Texas que de Chiapas; el sureste indígena, con lenguas y cosmovisiones propias, frente a un México mestizo que ni siquiera las conoce; y el campo y la ciudad, dos países que casi no se hablan.

Normalmente eso es lo que somos: un país de identidades regionales, de historias locales, con una capital que decide por todos sin preguntarles. Lo que nos divide es más visible —y más cotidiano— que lo que nos une.

Pero hay excepciones. Cosas que, aunque sea por un momento, nos hacen sentir parte de lo mismo. Y una de las más poderosas —quizás la más poderosa— es la selección mexicana en un Mundial.

Esa noche, el Ángel deja de ser un monumento de la capital. Llegan de todas partes —del Bajío, de la frontera, del sureste— y, por unas horas, nadie pregunta de dónde eres. Miles de personas gritando lo mismo. Un monumento que, de pronto, deja de pertenecerle solo a quien vive cerca.

¿Por qué ahí? ¿Por qué así? En el calendario católico existe el carnaval: un paréntesis antes de la Cuaresma donde la rutina y las convenciones habituales se suspenden. Las máscaras no son para engañar; son un permiso. Un espacio seguro donde se puede gritar, llorar y reír sin que eso te defina el resto del año.

El Mundial es nuestro carnaval. No es indolencia ni ignorancia lo que lleva a la gente al Ángel. Es algo que el mexicano busca, casi sin saberlo: una excusa legítima para desfogarse, para sentir que no está solo.

Las identidades locales se desdibujan porque no tienen razón de ser durante noventa minutos. No importan las diferencias, no importa quién decide qué para quién. Solo importa esa franja verde, blanca y roja moviéndose hacia adelante. Y ahí, en ese desfogue, en ese carnaval que se repite con suerte cada cuatro años, pasa algo extraño y hermoso: por unas horas, somos México.