La frase de Jorge Valdano, pronunciada durante la transmisión del España contra Arabia Saudita, resonó de inmediato. Al cuestionar términos como “bloque alto”, “bloque medio” o “basculación”, Valdano tocó una fibra sensible. Pero, ¿tiene razón? La respuesta corta es: sí y no.

El problema no son las palabras, sino el hecho de que hoy existen distintos idiomas para describir un mismo juego. El debate que inició Valdano terminó revelando tres lenguajes fundamentales.

El primero lo conoces bien: es el de Martinoli y García. Es el idioma del gol gritado, la polémica encendida y la risa que nos permite sobrellevar las desgracias. Estos comunicadores dominan el vínculo primario que cualquier persona tiene con el fútbol: la emoción pura. El Ángel lleno tras un triunfo o la euforia que no necesita explicación teórica. Es un relajo serio, un oficio convertido en catarsis. Valdano no pertenece a ese grupo, pero aquí está el matiz que el debate en redes suele omitir: Valdano también habla un idioma elevado. Solo que el suyo no es técnico, es poético.

Él no habla desde el mecanismo del juego, sino desde su significado. No intenta traducir movimientos, busca nombrar aquello que el fútbol produce en nosotros. Cuando Valdano describe una jugada o una derrota, no le interesa explicar cómo ocurrió el error táctico; le interesa revelar qué tiene de bello, de trágico o de profundamente humano. Su incomodidad con la palabra “basculación” no nace de la ignorancia, sino de la convicción de que ese término es insuficiente para capturar lo que él considera la esencia del juego. Mauricio Pochettino lo explicó bien casi sin proponérselo: “Cuando nos relacionamos con el juego, es con libertad absoluta…”.

Esa es la raíz de una relación distinta con la pelota, aprendida con el cuerpo antes que con las pizarras. Un fútbol entendido a través del desafío, la intuición y la repetición. No es casualidad que de ese fútbol surgiera un lenguaje menos interesado en describir mecanismos y más preocupado por nombrar lo que el juego significa.

Sin embargo, ese fútbol ya no es el único que existe.

El fútbol contemporáneo —colectivo, sincronizado y estructurado— exigió un vocabulario nuevo porque describió movimientos que antes no funcionaban como sistema. Once jugadores moviéndose como uno solo no se pueden explicar únicamente con metáforas; requieren precisión. Términos como “pressing” o “bloque” nacieron porque los entrenadores los necesitaban para ordenar el caos, y llegaron a las transmisiones porque el juego, en esencia, cambió.

Aquí aparece el tercer idioma: el de Pepe del Bosque y los suyos.

Este lenguaje no busca embellecer ni necesariamente emocionar; busca comprender. Su objetivo es traducir lo que ocurre en el campo para quien quiere leer el partido y no solo vivirlo. No habla mejor que Martinoli ni peor que Valdano; habla distinto, dirigiéndose a un público que ya no se satisface solo con el ruido o la poesía. Un público que quiere saber, con rigor, por qué el equipo se rompió por dentro en el minuto setenta.

Son, sin saberlo, los médiums que intuyen que hay algo en el fútbol que todavía no se ha nombrado del todo, respondiendo con precisión donde otros responden con pasión o con estética. Tres idiomas. Tres públicos. Tres maneras legítimas de amar el mismo juego.

El problema no surge cuando estos lenguajes conviven. Aparece cuando uno pretende sustituir a los otros: cuando el relajo descalifica al análisis, cuando la poesía desprecia la técnica, o cuando la táctica olvida que el fútbol también se grita y se llora.

Quizás el mejor aficionado no sea el que domina un solo idioma. Quizás sea el que puede sentir el gol con Martinoli, comprender su estructura con Del Bosque y, unos minutos después, escuchar a Valdano y descubrir que aquello que acaba de ocurrir también era, irremediablemente, hermoso.

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