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La tragedia del Paseo de los Leones y la masa envilecida

Columna de Marco Guerrero

Columna de Opinión Marco Guerrero
Columna de Opinión Marco Guerrero Crédito: Tribuna Norte

Monterrey, Nuevo León.- Una de las peores consecuencias que ha traído la posmodernidad es el envilecimiento de la masa. Se trata de un proceso en el cual, irónicamente, la búsqueda por liberar los sentimientos y emociones de filosofías y actitudes ‘opresivas’ —aquellas que procuraban el discernimiento, el autocontrol, la resiliencia y la constante mejora— no consiguió emancipación alguna; únicamente exacerbó la histeria y la reacción visceral carente de análisis, juicio crítico y autocrítica.

Pocas posturas han dañado tanto la psique colectiva como ese ensimismamiento disfrazado de autocuidado que dicta: “Si a mí me duele o me molesta, respeta mi dolor y no me cuestiones”. Esta actitud deriva en excesos inadmisibles, como equiparar una simple frustración cotidiana o un mero desencuentro mezquino como recibir una mentada de madre de un desconocido en el tráfico con un trauma profundo, o tildar cualquier roce de ‘violencia’ al nivel de la que sufren las víctimas de delitos de alto impacto y agresiones graves.

A este panorama se suma el auge de narrativas e ideologías nocivas cuyo efecto es desdibujar al individuo, fracturar sus vínculos comunitarios y abrir brechas de convivencia insalvables. ¿Por qué ocurre esto? Algunos argumentarán que responde a una lógica de control social, pues una comunidad polarizada y crispada resulta más fácil de manipular que una cohesionada. Otros lo atribuirán a la proyección de existencias grises, cargadas de frustraciones y duelos no resueltos, que buscan propagar su amargura del mismo modo que una fruta podrida echa a perder al resto del cesto.

En este ecosistema operan los opinólogos de redes sociales, quienes actúan más bien como inquisidores o jueces sumarios. Se mueven como una turba deforme que embiste contra la figura o el tema en turno de linchamiento. En nuestra sociedad neoleonesa, lamentablemente, esta práctica cuenta con demasiados adeptos. A los regios nos fascina el chisme de sobremesa, el juicio rápido y el comentario sobre la vida ajena; un rasgo que no es intrínsecamente bueno ni malo, pero que se torna peligroso cuando desborda el entretenimiento y deviene en una agresión abierta contra terceros.

La faceta más ruin y grotesca de esta dinámica se manifestó recientemente a raíz del suceso ocurrido en Cumbres hace una semana. Por criterios editoriales de Tribuna Norte, evitamos abordar el caso durante las primeras horas, a la espera de que la cobertura transitara de la nota roja a datos verificados por instancias oficiales. En esta edición —específicamente en la página 06— presentamos la relatoría completa de este lamentable hecho, donde la impericia humana segó la vida de una joven, dejó secuelas físicas y emocionales críticas en el amigo que la acompañaba, y determinó responsabilidades directas en el conductor de la unidad involucrada.

Fue en torno a las víctimas donde el linchamiento y la mezquindad alcanzaron su punto más bajo. Por un lado, oportunistas que aprovecharon el impacto mediático para montar fraudes y lucrar suplantando la identidad de la familia de la víctima; por el otro, usuarios que, cegados por dogmas, resentimiento y una ignorancia absoluta, arremetieron en redes contra el joven sobreviviente. Lo tacharon de responsable y le reprocharon no haber auxiliado a su acompañante —pese a encontrarse él mismo en estado de gravedad—, desplegando un rechazo visceral que obligó a su propia madre, en medio de la emergencia médica y económica tras la tragedia, a suplicar compasión frente al asedio digital.

¿Qué nos ocurre como sociedad? ¿En qué punto extraviamos el decoro elemental y el respeto frente a la tragedia ajena? ¿Cuándo comenzamos a trivializar la existencia a este grado? Explicaciones sobran, pero aun cuando la inercia empuje a la resignación, no podemos renunciar a la sensatez ni a la empatía mínima frente a quienes atraviesan pérdidas devastadoras.

Por el bien de nuestro entorno y por la viabilidad misma de la vida en comunidad, resulta imperativo recuperar el decoro, la prudencia y el respeto como cimientos de la convivencia social.

ECCE SIGNUM, Guerrero