Monterrey, Nuevo León. – Monterrey perdió la final de la Leagues Cup 2026, pero ganó en otros rubros, por más odioso e incómodo que suene en este instante. En el momento en que me encuentro redactando estas líneas, el duelo en Houston está prácticamente sentenciado al minuto 80, con un Toluca que supera 2-0 a Rayados, encaminando a los escarlatas a una nueva corona bajo la tutela de Antonio Mohamed y condenando a la Pandilla a otra definición amarga. La frialdad de las estadísticas es implacable: las derrotas duelen, no se maquillan y calan hondo. Sin embargo, a diferencia de los recientes tropiezos albiazules en instancias decisivas, esta vez el equipo exhibió una fisonomía y competitividad diametralmente opuestas, portando con claridad el sello de Matías Almeyda.

La diferencia neurálgica no radicó en la postura táctica ni en el espíritu de lucha, sino en la contundencia dentro de las áreas. Toluca lució la pegada demoledora de un auténtico campeón de peso completo, castigando en los momentos exactos del encuentro. Monterrey se topó con falta de puntería, cruces providenciales de la zaga choricera y una actuación descomunal de Hugo González; bien reza el viejo refrán que para que la cuña apriete debe ser del mismo palo.

Resulta impertinente pedir mesura y claridad mental a la afición en medio del fuego cruzado y la frustración que produce una final perdida, pero apelar a la serenidad es el único camino sensato. ¿O acaso permitiremos que el entorno tóxico y esa exigencia mal entendida vuelvan a pedir cabezas tras apenas semanas de gestión? Sería un completo despropósito. Rayados demostró encontrarse en la ruta correcta. Hay que reconocer la jerarquía del Turco Mohamed, un viejo conocido muy querido en la Sultana del Norte que comanda hoy el proyecto más exitoso y sólido del balompié nacional. Toluca es un campeón legítimo; a Monterrey le corresponde aplicar resiliencia, respaldar el proceso y no desviar la mirada del horizonte.

Fuente: Tribuna